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Estoy Segura que miles de activistas alrededor del mundo están contemplando con desconcierto los últimos acontecimientos en Gaza. Y estoy segura que muchos piensan como yo que queremos ir a Gaza y que iremos a Gaza lo antes posible. A pesar de todo ello.
Los medios de comunicación muestran sin mayor explicación los actos de arbitrariedad y abuso que determinados grupos armados palestinos están llevando a cabo contra activistas solidarios, contra periodistas y contra los miembros de las agencias de Naciones Unidas. El programa de secuestros y acciones no da lugar a la sorpresa, pues los que seguimos con atención y trabajamos por la causa palestina, vemos tras de ello un modelo patentado por las fuerzas de ocupación israelíes en sus cotidianas incursiones militares denominada “testigos fuera”.
Se equivocan si piensan que van a disuadir a gente como nosotros, porque los que llevamos años trabajando por los derechos del pueblo palestino sabemos que los testigos son esenciales para que las causas sigan vivas y tengan un lugar en la mente de las gentes. Por eso durante años hemos saltado check points con vosotros, hemos sufrido humillaciones con vosotros, hemos sido detenido – y a veces expatriados – como vosotros y algunos han muerto como vosotros bajo un tanque israelí o por los disparos de los israelíes. Lo hemos hecho porque creemos que somos necesarios aquí y allí, porque tenemos que conocer la realidad no a través de lo que nos cuentan, sino a través de vuestras palabras y a través de vuestros ojos.
Sin embargo no creo que este sea un problema de fácil análisis. Generaciones de palestinos han vivido bajo la violencia incesante del ejército israelí. La ocupación es en sí misma la más grande de las violencias porque no sólo actúa contra el individuo, sino que actúa sobre la comunidad al completo, sobre su presente y sobre su futuro, sobre las familias y sobre las instituciones. Actúa sobre los árboles, sobre el paisaje, sobre las cosechas, sobre los niños. Se infiltra en las casas y lo que es peor, se infiltra lentamente en las mentes de las personas. Cada semana, el Centro Palestino de Derechos Humanos de Gaza informa puntualmente de las actividades delictivas del ocupante. Los informes emitidos desde el inicio del mes de agosto – cuando se inicia la salida de Gaza – nos dicen que, en los Territorios Palestinos Ocupados, ha habido, al menos, 70 muertos, 9 de ellos menores de edad a manos del ejército israelí; 34 asesinatos extrajudiciales; 256 heridos, de entre los cuales 72 son niños; se han realizado al menos 570 incursiones de castigo y se han arrancado 1340 árboles, la mayor parte de ellos olivos y frutales. A todo ello se debe añadir las innumerables detenciones no sólo de palestinos, sino de activistas internacionales; las innumerables destrucciones de viviendas; las decenas de miles de dunums de tierra fértil arrasadas, el avance inefable de los asentamientos y el muro. El muro. El muro que no es capaz de detener la comunidad internacional y que debería de ensombrecer de vergüenza a toda la gente de bien. Un saldo vergonzoso y culpable en apenas 5 meses de callada ocupación ya que lo que ha estado invariablemente ocupando a los medios de comunicación ha sido la salida de Gaza y, en los últimos tiempos, las actividades delictivas de grupos armados palestinos que han decidido, ellos también, que no quieren testigos. Curiosa coincidencia con el ocupante israelí y gran favor que le hacen.
El ocupante sigue su labor destructiva y de hechos consumados sobre el terreno. Durante décadas eso es lo que ha hecho a la población palestina y el balance, aún si decidieran marcharse hoy de los Territorios Palestinos sería catastrófico, no sólo por la destrucción masiva de infraestructuras y viviendas, o por los miles de muertos de esta Intifada, sino porque ha impuesto un sistema en el que prima la arbitrariedad y la violencia, un sistema que ha calado en la mente de la población que, en parte, no es capaz ya de distinguir entre hechos legítimos e ilegítimos; entre una situación de normalidad y anormalidad, entre convivencia y destrucción de la confianza dentro de sus propias comunidades, entre procesos democráticos y abuso de la fuerza contra su propia gente. De hecho, posiblemente sean estas grietas las más profundas de la ocupación. Un niño que ve desnudar y humillar a su padre crece con deseos de venganza alimentados por la inseguridad y el miedo y la falta de un modelo normalizado de convivencia. Lo mismo le ocurre a los que crecen viendo cómo sus viviendas son destruidas, sus familiares asesinados o detenidos, los que crecen en la pobreza impuesta y los que viven encerrados en los campos de refugiados, en sus pueblos o en la Franja de Gaza. Según la asociación palestina Addameer desde el año 1967 al menos 650.000 palestinos han pasado por las cárceles de Israel, lo que supone un 20% de la población de los TPO.
Israel ha condenado a la población palestina a ser “terroristas” y a dejar de ser “población civil”, esa es la sentencia no escrita que le da carta blanca para actuar globalmente con castigos colectivos en los Territorios Palestinos Ocupados y a dejar que los colonos se tomen la justicia en sus manos contra los campesinos palestinos y sus tierras. Este gravísimo hecho ha comenzado a ser tolerado, por común y cotidiano, en las mentes de muchas personas y en los mecanismos de respuestas de gobiernos e instituciones internacionales. Junto a ello, la condescendencia con determinados actos criminales recogidos como tales en el Derecho Internacional Humanitario, tales como las demoliciones de viviendas, los asesinatos selectivos y los arbitrarios, las destrucciones de cosechas y arbolados, las detenciones administrativas. Durante años nosotros desde nuestra modesta posición hemos clamado que la tolerancia con esos crímenes no sólo nos hace ser culpables sino que es posible que nos hagan víctimas alguna vez, porque lo que se normaliza en la mente comienza a ser tolerado y por tanto legítimo. La lucha contra los crímenes de Israel en los Territorios Palestinos Ocupados es también una lucha por la supervivencia de un modelo de convivencia en el que priman los valores éticos y morales estampados y rubricados en las cartas, protocolos y declaraciones internacionales de derechos firmadas y ratificada por la inmensa mayoría de los países del mundo.
En general es posible que en cada familia haya uno o más motivos para ejercer la violencia contra otros, pero no parece que ello sea, a pesar de todo, sensato, pues, aunque sea difícil, es necesario que se mantenga el alto nivel moral que la resistencia palestina ha tenido siempre; su lucha contra la opresión es una lucha común con mucha gente del planeta y ha sido un modelo para muchos de nosotros por la constancia y el valor que la ha caracterizado; su consenso respecto a sus demandas históricas es amplio y fuerte dentro y fuera de Palestina. La violencia, por otra parte sólo genera violencia y la violencia continuada la multiplica y diversifica los objetivos: puede ser contra el ocupante, pero puede ser también contra las mujeres en general o de la propia familia o comunidad, a las que se les impone condiciones de convivencia cada vez más duras y más apartadas de la vida social; contra los más débiles de las familias, contra un vecino, contra un activista solidario, contra un periodista... contra un testigo de tu impotencia y tu propia rabia y desconcierto. Quizás la violencia no sea más que un síntoma del miedo. La violencia gratuita solo sirve a Israel, que con su habitual perspicacia ya está señalando a la Comunidad Internacional lo que hacen los palestinos cuando se quedan solos, su incapacidad para mantener el control, para organizarse pacíficamente para convivir y elegir a sus líderes. En definitiva señala el desgaste de las instituciones palestinas y su incapacidad, para concluir finalmente – que lo hará – que siguen sin interlocutor y que en la calle reina el caos. Esto no lo digo yo, lo dice Sharon y lo repetirán todos los medios de comunicación que, a su vez, han retransmitido la “civilizada” actuación del ejército israelí ante la salida de los colonos de Gaza.
Por otra parte toda esa energía debería volcarse en la visualización de un esfuerzo colectivo y más unánime por reconstruir no sólo la identidad como pueblo de Palestina -tan deteriorada por los medios de comunicación y el esfuerzo de Israel- , trabajar por una sociedad donde se restablezca la convivencia y el valor de lo común, y fundamentalmente un esfuerzo también unánime por recuperar la esperanza, no ya en la Comunidad Internacional o en entelequias diplomáticas, sino en sí mismos, en su fuerza, en su valor, en lo que han significado y significan para la gente de bien que admira el arrojo y denuedo con el que tras décadas de violenta ocupación siguen luchando por un futuro más justo.
La ruptura de este ciclo de violencia dentro de la población palestina costará seguramente algún tiempo, pues de hecho cada pueblo y aldea ha sido un frente de batalla durante décadas. Es entendible que exista la violencia y se pueden prever sus características y consecuencias, pero eso no quiere decir que no haya quien les diga que no es ese el camino ni para conseguir objetivos políticos ni para conseguir compañeros de camino y lucha. Se puede concluir que todo ello es causa de la beligerante ocupación israelí, y así lo creo, pues no existe otro país en los que se estén dando estos mismos hechos si no es Iraq, víctima de años de sanciones, de la guerra y ahora de la ocupación militar americana. En ambos lugares la destrucción de cualquier tipo de infraestructura y los ataques a las instituciones son y han sido calculados. Pero tengo la certeza de que si desaparecen los testigos del lugar de los hechos, no habrá quien testifique ante el mundo sobre los crímenes de Israel, por lo que las justificaciones, por más que creíbles, no deben dar lugar a la tolerancia. No habría, por tanto, que perseguir ese objetivo. No somos parte de ningún gobierno ni ninguna organización internacional, somos activistas que estamos a pie de calle, queremos ir a Gaza e iremos a Gaza. Es nuestra obligación ser testigos y seguiremos trabajando la solidaridad y la cooperación con Palestina ante la certeza de que es una de las causas más justas de este planeta.
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