Bah\'a tiene 8 años es el pequeño - por ahora - de la familia Mattar. Viven en el centro de Gaza, en la parte antigua. Desde su casa se ve el minarete de la mezquita antigua y el mercado está a dos pasos de su casa. Tiene otros dos hermanos mayores que, como él, tienen unos lindísimos ojos, y muchos primos y muchos tíos y tías y todos viven en el mismo bloque y celebran el rito diario este mes de la comida de Ramadan. Comenzar con dátiles y sopa, que no falte el arroz con carne y la verdura, ni el café y los dulces al final. Cada cosa a su momento y el momento, el instante, en el que moecín indica, nos sentamos a la mesa para comer juntos. Desde que estoy en Gaza muchos amigos me invitan a cenar, pero ninguna cena ha sido como ésta, en la que la simplicidad de la casa, el calor de la bienvenida y el sabor de la comida, formaron un ambiente perfecto. Siento a veces no poder hablar con los niños, porque no sé árabe. En cada viaje aprendo unas palabras que voy mezclando y procuro utilizar esas 3.000 palabras que tenemos en común con ellos. Si quieres, te puedes comunicar. Eso seguro. Cuando llegó la tía de Bah\'a con sus seis primas, la casa se llenó de magia.A ella no le importó lo más mínimo que no tuviéramos una lengua en común. La mujer, joven aún con bellísimos ojos negros, se arremolinó en la silla que estaba junto a la mía y no paró de hablarme ni un minuto, con una energía típica de quien no se arredra frente a la vida y está dispuesta a vivirla. Me contó que a su marido le hirieron gravemente, y a su hijo también y que a ella (¡quién lo diría!) le hicieron una operación a corazón abierto en Egipto. Me iba presentando a cada una de sus hermanas que aparecían por allí con un reguero de niños de casi todos los tamaños, una de las cuales también se sentó cerca de mi y se puso a darle de mamar a un bebé pequeño....Y hablaba y hablaba y las seis chicas más los hermanos y padres de Baha\'a intervenían en la conversación y todos reíamos después de la comida. Una de las hijas, Rima, se acercó y me dio un colgante con una pequeña llave, símbolo de los refugiados. Yo le di un colgante verde que llevaba junto a mi reloj. La mujer se empeñó en que tomara té con "nana" y más dulces, en que me cambiara de ropa, para que estuviera más fresca, que me comprara un vestido bordado palestino y que visitara mañana a su hermana en Khan Yunes. Los ojos de los niños brillaban a la luz del queroxeno, pues en esta parte de Gaza, desde el bombardeo de la central eléctrica, no hay luz más algunas horas al día. Pero en esta familia no se pierde la alegría ni con esto.
No sé porqué entre las palabras que se han ido pegando a mi boca de escucharlas y sentirlas, aún no está la palabra ·"magia". Esta noche la tenía que haber aprendido.
En la foto Bah\'a Mattar, de 8 años.