Detrás de las torres grises y negras encontré un palacio abandonado. Sobre el suelo apenas quedaban restos de su suelo espejado y la mayor parte de sus columnas aparecían heridas como si un trueno hubiera hecho de él su recinto preferido. De los techos de las salas violentamente abiertas al viento colgaban hilos de acero y las maderas labradas y coloreadas se habían ido desprendiendo con una pertinaz vocación de ruina. Soplaba el aire fresco en aquella tarde de abril y entre las columnas se veía la entrada también destrozada, los jardines abandonados, los caminos abiertos con profundas heridas y un horizonte infame de muros interminables. Una enorme tristeza nos envolvió en el paseo, como si hubiera sido el viento el que nos la trajera. La visión de aquel palacio, con su cúpula amarilla aún brillando, con su silencio abrumador en aquel lugar remoto nos perturbó y emocionó. ¿Cómo puede suceder algo así?
En algunos techos quedaban trozos de artesonados de diferentes colores y formas, pero la hermosura perdida fue más evidente ante la visión de la estrella multicolor alojada en el interior de la cúpula amarilla que permanecía intacta, desafiante, sostenida entre versos del Corán y corazones azules.
El palacio fue un aeropuerto. Los truenos fueron tanques. los caminos, pistas por las que solo pasan ahora pastores y el destrozo de aquella hermosura es fruto de las sucesivas ocupaciones, del abandono, de su alejado retiro.
La hierba comienza a cubrir las pistas y los restos de las edificaciones destruidas. Quizás algún día nadie recuerde que hubo un aeropuerto, pues el tiempo corre siempre en contra nuestra. Hay que ir y pasear por sus desoladas dependencias, impregnarse de su evidente olvido, y mantener un obstinado grito por la soberanía completa del Pueblo Palestino, por el derecho al control sobre sus fronteras y a tener un hermoso aeropuerto abierto a Oriente y Occidente.